Editorial del programa 418 de Razón de Estado
A lo largo de la historia, el ser humano ha tenido que vérselas no solo con sus propios errores, sino también con los humores de la naturaleza. Como si no bastaran los malos gobiernos, las guerras, los caudillos y las torpezas de la política, aparecen de cuando en cuando las sequías, las inundaciones, los incendios, las tormentas y los terremotos para recordarnos nuestra fragilidad.
La naturaleza no negocia, no promete, no hace campaña. Simplemente ocurre. Y cuando ocurre con violencia, deja destrucción, pobreza, migración y dolor. Cambia paisajes, vacía pueblos, arruina cosechas, obliga a familias enteras a empezar de nuevo. El hombre, que tantas veces se cree dueño del mundo, descubre entonces que apenas es huésped.
Vivimos una era de cambios drásticos. En la tecnología, la economía, la política, en la forma en que trabajamos y nos relacionamos. También cambia el clima. Hay ciclos, sin duda. La Tierra siempre ha conocido épocas de frío, calor, abundancia y escasez, pero también es cierto que una humanidad más numerosa, más urbana y productiva deja una huella mayor sobre el planeta que la sostiene.
No necesitamos convertir el cuidado de la naturaleza en una religión política, ni utilizarlo como excusa para limitar libertades, empobrecer sociedades o someter la economía al capricho burocrático. Pero tampoco podemos caer en la frivolidad de creer que los bosques son infinitos, que los ríos pueden convertirse impunemente en cloacas, que lagos y mares toleran todo desperdicio o que las ciudades pueden crecer sin orden y sin respeto por su entorno.
Los golpes de la naturaleza no castigan a todos por igual. Quien tiene recursos reconstruye; quien nada tiene, pierde incluso aquello que parecía imposible perder. Por eso la solidaridad es civilización.
Cuidar el planeta no debe ser una batalla ideológica. Debería ser una expresión elemental de gratitud y prudencia.
El hombre libre no es aquel que hace cualquier cosa, sino aquel que entiende las consecuencias de sus actos. Podemos producir más y mejor sin destruir. Podemos crecer sin ensuciarlo todo. Podemos innovar para utilizar menos recursos y preservar más naturaleza. Podemos vivir en ciudades más limpias, proteger bosques y recuperar ríos sin renunciar al progreso ni convertir la prosperidad en pecado.
El planeta no nos pertenece. Lo recibimos por un instante y tenemos el deber de entregarlo mejor. Que quienes vengan después encuentren bosques que respiren, ríos que den vida, mares que todavía asombren y ciudades dignas de ser habitadas.
Cuidemos esta casa común. No por miedo al futuro, sino por respeto a la vida.