417. Dionisio Gutiérrez: Once Upon a Time, There Was a Ruler

August 24, 2026
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417. Dionisio Gutiérrez: Había una vez un gobernante

Editorial del programa 417 de Razón de Estado


Había una vez un gobernante que llegó a la plaza con una bolsa que no era suya. Metió la mano, sacó unas monedas y las tiró al gentío. La multitud aplaudió. Volvió al día siguiente, repartió más y recibió más aplausos. Al tercero, prometió que aquella lluvia sería eterna. Nadie preguntó quién había llenado la bolsa, quién tendría que reponerla ni qué ocurriría cuando solo quedara polvo en el fondo.

Esa fábula, con distintos disfraces y acentos, resume una de las grandes desgracias de Iberoamérica: la trampa fiscal del populismo.

Gobiernos incapaces de crear prosperidad han aprendido a distribuir dependencia. En lugar de fomentar inversión, productividad y empleo, convierten el presupuesto en un mercado de lealtades, subsidios, empleos públicos innecesarios y derechos proclamados sin financiación sostenible.

La ayuda social se pervierte cuando el gobernante no busca levantar al ciudadano, sino mantenerlo arrodillado y agradecido. El subsidio deja de ser puente y se convierte en corral. No combate la pobreza, la administra y la inscribe en un padrón electoral.

América Latina produce poco, debe mucho y promete demasiado. Esa combinación no es política social; es una cuenta regresiva.

El populista no gobierna para el año próximo, sino para la próxima encuesta. Sabe que decir la verdad tiene costo. Explicar que los bienes son escasos, que cada derecho material exige recursos y que alguien debe trabajar, invertir, ahorrar y pagar impuestos. Por eso prefiere la mentira. Y cuando llega la verdad, culpa al empresario, al mercado, al extranjero, al gobierno anterior o a alguna conspiración.

Los subsidios suelen ser costosos y difíciles de retirar, pero eliminarlos exige coraje; precisamente la mercancía que más escasea entre los mercachifles de la demagogia. Han enseñado al votante que toda corrección es crueldad y toda disciplina fiscal una agresión, mientras presentan el despilfarro como compasión.

En América Latina, conocemos bien el desenlace. Primero, llega el regalo. Después, el déficit. Luego, la deuda, los impuestos, la inflación, la fuga de capitales y el deterioro de los servicios. Finalmente, cuando ya no queda riqueza que repartir, el mismo gobierno que prometía abundancia comienza a racionar la escasez.

Los populistas gastan el porvenir de los jóvenes para comprar el aplauso del presente. Endeudan al que todavía no vota, castigan al que produce y convierten al ciudadano en accesorio. Su verdadera ideología no es la izquierda, ni siquiera el estatismo. Es el poder corrupto. El dinero público es su herramienta; la dependencia, su método; la impunidad, su aspiración.

Decir la verdad fiscal no gana ovaciones. Exige reconocer que no todo puede financiarse y que gobernar es escoger.

Un Estado digno protege al necesitado, pero también crea las condiciones para que deje de necesitarlo.

La trampa ya está armada. Cada promesa sin respaldo acorta la mecha. Y cuando estalle, los mercaderes de la política habrán escapado con sus privilegios, mientras el pueblo descubrirá que el populismo se pagaba con su futuro.

 

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