Editorial del programa 388 de Razón de Estado
La historia de Iberoamérica es una crónica de ausencias voluntarias y silencios cómplices. Durante décadas, las élites económicas, académicas y sociales han optado por mirar la política como un lodazal desde la orilla. Con desprecio, con temor a mancharse y con la secreta convicción de que otros, siempre otros, se encargarán del desorden. Y mientras tanto, el lodazal creció, se desbordó y terminó inundándolo todo.
El desarrollo político no es un lujo, es el fundamento. Sin él, no hay desarrollo económico sostenible ni evolución social ni instituciones que funcionen más allá del papel. Cuando la política se degrada, todo lo demás se corrompe.
Las élites iberoamericanas, sobre todo la élite económica, han persistido en una irresponsabilidad cívica que raya en el egoísmo ilustrado. No tiene sentido producir riqueza sin producir república; formar profesionales sin formar ciudadanos, exigir estabilidad mientras se desentienden de la causa que la hace posible. Heredar derechos, bienestar y oportunidades sin sentir obligación hacia el orden que los hizo posibles es la causa de las desgracias de muchas naciones.
Es común ver empresarios que creen que la política es cosa sucia mientras firman cheques para sobrevivir al próximo decreto. Académicos que escriben tratados sobre democracia, pero rehúyen el combate cívico y notables que solo aparecen cuando el desastre ya es irreversible.
El resultado está a la vista: en Argentina, el peronismo convirtió el Estado en botín y la pobreza en clientela. Sus élites prefirieron adaptarse antes que resistir. En Cuba, Nicaragua y Venezuela la retirada temprana de sus clases dirigentes facilitó la instalación de regímenes totalitarios. México avanza, con disciplina preocupante, hacia una nueva “dictadura perfecta”, mientras buena parte de su élite económica negocia supervivencias privadas. Colombia se hunde con el Gobierno de Petro, ante la pasividad de sectores que confunden prudencia con silencio.
Esto sucede cuando las élites renuncian a su papel político, convencidas de que basta con que la economía funcione más o menos y que la academia produzca papers. Olvidan que la política es la columna vertebral del desarrollo, que el compromiso cívico no es opcional y que la neutralidad en tiempos de decadencia es complicidad.
Las élites se quejan del populismo y se indignan ante el autoritarismo como si llegaran del extranjero y no como consecuencia de su indiferencia. Reclaman reglas claras cuando dejaron la cancha libre para quienes desprecian cualquier regla que no les convenga.
Si las élites no entienden que su destino está atado al destino de la república, seguirán ganando a corto plazo y perdiendo países enteros a largo plazo. Y la historia, que no suele ser indulgente con los señoritos satisfechos, se encargará de recordárselo.