424. Dionisio Gutiérrez: Exigir para cambiar el destino

Octubre 12, 2026
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424. Dionisio Gutiérrez: Exigir para cambiar el destino

Editorial del programa 424 de Razón de Estado


América Latina lleva demasiado tiempo esperando que la política esté a la altura de sus pueblos.

La tragedia consiste en que una parte importante de la dirigencia política convirtió el servicio público en cueva de malhechores, el partido en agencia de colocaciones, el presupuesto en instrumento de poder o en botín y al ciudadano en alguien a quien se visita durante las campañas y se olvida al día siguiente.

Así se degradan las naciones.   

La política debería atraer personas preparadas, honestas, capaces de administrar, escuchar, decidir y rendir cuentas. Sin embargo, en demasiados países ocurre lo contrario.

La gente valiosa se aleja porque considera la política indigna, y el espacio abandonado lo ocupan aventureros, mediocres y oportunistas.

Después nos sorprendemos de que el Estado funcione mal.

Cuando una sociedad renuncia a la exigencia, termina gobernada por quienes tampoco se exigen a sí mismos.

Las élites no pueden declararse espectadoras inocentes. Empresarios, académicos y ciudadanos capaces que repiten que “todos los políticos son iguales” contribuyen, aunque no quieran admitirlo, al deterioro que después condenan.

Cuando los mejores abandonan la plaza pública, la plaza no queda vacía. La ocupan otros.

Una democracia necesita instituciones, pero también necesita carácter. Requiere ciudadanos que entiendan que la libertad no consiste solamente en exigir derechos, sino en asumir obligaciones; que gobernar no es repartir favores; que la ley no debe doblarse ante el poderoso; que el adversario no es un enemigo, y que perder una elección forma parte de la democracia tanto como ganarla.

Necesitamos también recuperar una palabra que la política moderna parece haber olvidado: decencia.

Decencia para decir la verdad aunque cueste votos. Para administrar dinero ajeno con más cuidado que el propio. Para reconocer un error. Para marcharse cuando corresponde. Para entender que gobernar es recibir temporalmente una responsabilidad, no adquirir una propiedad.

La buena noticia es que las naciones no están condenadas a repetir eternamente sus fracasos.

América Latina necesita una generación de jóvenes presentes, ciudadanos más exigentes, empresarios conscientes de su responsabilidad pública, periodistas valientes y servidores públicos que todavía creen que hacer bien las cosas importa.

De allí puede surgir la renovación. Pero habrá que abandonar la resignación, rescatar la política y volver a convertirla en una tarea honorable.

Los pueblos no necesitan salvadores. Necesitan instituciones que funcionen, dirigentes que sirvan y ciudadanos que nunca renuncien a exigirles ambas cosas.

Mientras una sociedad conserve esa exigencia, todavía conserva la posibilidad de cambiar su destino.

 

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