Editorial del programa 426 de Razón de Estado
América Latina vive un momento de su historia que exige algo más que entusiasmo. Exige carácter, lucidez y memoria.
Durante años, nuestra región se llenó de gobiernos de izquierda populista que se presentaron como redentores de los pobres, jueces de la moral y enemigos del progreso. Prometieron justicia sin productividad, prosperidad sin inversión y derechos sin obligaciones. Pero la realidad, que nunca se deja sobornar por los discursos, terminó pasando factura. Déficits desbordados, deudas abusivas, inflación, instituciones debilitadas, corrupción y sociedades exhaustas.
La democracia comienza a morir aunque se celebren elecciones cuando el poder se concentra, cuando el presupuesto se convierte en botín y cuando la ley se somete a la voluntad del gobernante.
El populismo anuncia victorias contra la pobreza que son falsas, quiebra países y degrada la dignidad ciudadana. Convierte derechos en favores y personas libres en dependientes o en súbditos.
Por eso los nuevos gobiernos en Argentina, Ecuador, Chile, Perú y Colombia enfrentan una tarea extraordinaria. No basta ganar elecciones. Hay que gobernar mejor, rescatar la confianza y demostrar con resultados que las ideas de la libertad funcionan cuando se respetan sus principios.
La recuperación exigirá decisiones impopulares, sacrificios bien distribuidos y, sobre todo, una verdad que casi nadie quiere pronunciar: ningún país puede gastar indefinidamente lo que no produce. La irresponsabilidad fiscal no es generosidad; es trasladar a los hijos las facturas de los padres.
El desarrollo occidental no nació de la arbitrariedad de los caudillos. Se apoyó en instituciones sólidas, separación de poderes, propiedad privada, libertad económica, certeza jurídica y reglas que obligan también a quienes gobiernan. Estas instituciones no son patrimonio de la derecha ni de la izquierda. Son patrimonio de los ciudadanos. No existe atajo duradero hacia la prosperidad que pueda prescindir de ellas.
México merece una advertencia. La concentración de poder populista y autoritario, la reforma judicial que dio el tiro de gracia a su democracia y la sombra del narcotráfico lo arrastran hacia una nueva «dictadura perfecta». A una democracia de apariencia, cada vez menos capaz de poner límites al poder.
Ahora bien, no se debe confundir alternancia con salvación. A los nuevos gobiernos hay que vigilarlos, exigirles transparencia y recordarles que la libertad no autoriza abusos.
El costo del desarrollo no es solo económico. Es moral. Exige ciudadanos que prefieran la libertad incierta a la tutela autoritaria del Estado.
No hay progreso sin libertad; y esa es la batalla que merece ser librada.