423. Dionisio Gutiérrez: La neutralidad moral no es buena brújula

Octubre 02, 2026
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423. Dionisio Gutiérrez: La neutralidad moral no es buena brújula

Editorial del programa 423 de Razón de Estado


Hay naciones que utilizan su fuerza para construir, comerciar, descubrir y mejorar la vida de sus ciudadanos y de quienes las rodean. Y hay gobiernos que entienden el poder como capacidad para intimidar, someter, invadir, financiar violencia o imponer silencio.

No conviene confundir a los pueblos con quienes los gobiernan. El problema no son los rusos, los chinos ni los iraníes; son los sistemas políticos que concentran tanto poder que las decisiones de unos pocos condicionan la vida de millones.

Rusia ofrece la expresión más brutal. Su cobarde invasión a Ucrania continúa violando la soberanía de una nación democrática y el costo humano sigue creciendo. No hay grandeza en lanzar ejércitos contra el vecino para corregir con sangre aquello que un tirano sociópata considera una injusticia histórica. Aquello es la vieja barbarie del poder en tiempos modernos.

Irán representa otra modalidad. Durante años, su régimen ha utilizado organizaciones terroristas como instrumentos de influencia regional. El Occidente libre mantiene a Irán designado como Estado patrocinador del terrorismo y documenta su apoyo a Hizballah, Hamas, los hutíes y otras milicias. A lo interno, siguen las ejecuciones, las detenciones arbitrarias y una represión interna extrema. El precio de esa política, además del ciudadano iraní privado de libertad, lo paga el mundo entero.

China, por su lado, es una gran potencia económica y tecnológica, pero su gobierno mantiene severas restricciones a las libertades civiles, sostiene el complejo militar-industrial ruso y apoya al criminal régimen iraní. Una potencia responsable debería utilizar su extraordinaria capacidad para reducir conflictos, no para contribuir —directa o indirectamente— a prolongarlos.

La ambición sin límites termina convirtiendo al poderoso en una caricatura de sí mismo. Una civilización empieza a extraviarse cuando el poder deja de reconocer límites.

Libertad, Estado de derecho, división de poderes, propiedad, pluralismo y dignidad humana no son caprichos occidentales. Son conquistas civilizatorias que permiten al individuo vivir sin quedar sometido a la potestad del gobernante.

El mundo democrático tampoco puede reclamar superioridad moral si abandona esos principios cuando resultan incómodos. Defenderlos exige coherencia, fortaleza y una política exterior capaz de distinguir entre coexistencia y complacencia.

Las guerras, la intimidación y el patrocinio de la violencia no se quedan encerrados en los palacios donde se deciden. Cruzan fronteras, encarecen la vida, destruyen oportunidades y llenan cementerios.

El gran conflicto de nuestro tiempo vuelve a ser, en esencia, muy antiguo: el poder sin límites frente al hombre libre. Y en esa batalla, la neutralidad moral nunca será una buena brújula.

 

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