Editorial del programa 413 de Razón de Estado
Hay una parte de la juventud contemporánea que ha nacido en el mejor momento material de la historia y, sin embargo, se comporta como si hubiera recibido una herencia miserable.
Disfruta de una abundancia que no produjo, de derechos que no conquistó, de tecnologías que no inventó y de libertades por las que otros arriesgaron la vida; pero, en lugar de preguntarse cómo conservar y ampliar ese legado, exige más, de inmediato y sin costo. Quiere trabajar poco, ganar mucho, consumir pronto y que el Estado aparezca, como mayordomo universal, a resolver vivienda, empleo, salud, ocio, deuda y porvenir.
Ortega llamó “señorito satisfecho” al hombre que recibe la civilización como si fuera un fenómeno natural, como si las instituciones, el bienestar y la libertad brotaran de la tierra por generación espontánea. Ese personaje no entiende el esfuerzo acumulado detrás del mundo que habita. Cree que todo le es debido y que ninguna obligación acompaña sus derechos. No admira la obra, solo reclama el beneficio. Y si el beneficio tarda, acusa al sistema de injusto, sin preguntarse jamás qué ha creado él, qué ha arriesgado o qué está dispuesto a sacrificar.
No toda la juventud es así, desde luego. Hay jóvenes admirables, emprendedores y conscientes. Pero existe una corriente creciente, alimentada por las redes sociales y por políticos sin escrúpulos, que ha convertido la impaciencia en doctrina y el resentimiento en programa.
Eso de “todo gratis” es una oferta seductora porque promete bienestar sin explicar producción, escasez ni costo.
El problema no es solo moral; es económico. Todos los bienes son escasos. Toda riqueza debe producirse. No se puede gastar más de lo que ingresa. No se puede castigar al que invierte, al que ahorra, al que innova y al que crea empleo, y luego sorprenderse porque la economía se estanca.
La competencia, el mercado, la propiedad y la libertad económica no son caprichos ideológicos; son los mecanismos que mejor han permitido multiplicar la producción, reducir la pobreza y ampliar las oportunidades humanas. Pero esa verdad elemental estorba al político populista.
El populista no quiere ciudadanos adultos. Quiere dependientes agradecidos. No busca que el joven produzca, sino que espere. No desea que prospere por sí mismo, sino que recuerde quién le entregó el subsidio. Convierte la necesidad en obediencia, la ayuda en clientela y el presupuesto en instrumento electoral. Y lo hace no por amor a los pobres ni por convicción doctrinaria. Lo hace por poder, por dinero, por control; por mandar sobre conciencias y votos comprados.
La izquierda populista reparte lo que otros producen y promete un mañana que ella misma está destruyendo. Habla de igualdad mientras fabrica privilegios. Habla de derecho mientras vacía las arcas. Habla de justicia mientras castiga al mérito. Y cuando llega la ruina, culpan al que produce, al extranjero, al mercado o al pasado. Jamás a su demagogia.
Esta alianza entre el joven impaciente y el político populista es una de las amenazas más serias para la prosperidad. Uno quiere recibir sin esperar; el otro quiere comprar su lealtad. Uno desconoce cómo se crea la riqueza; el otro conoce perfectamente cómo se destruye la independencia personal.
La respuesta no es despreciar a los jóvenes, sino decirles la verdad. La libertad exige esfuerzo. La prosperidad exige producción. Y la ciudadanía exige carácter.
Una generación que solo pregunta qué puede recibir terminará entregando su futuro a quien mejor sepa engañarla. Y un Estado que convierte a sus jóvenes en clientes habrá dejado de educar ciudadanos para fabricar súbditos.