Editorial del programa Razón de Estado número 98

Don Quijote decía que la libertad es uno de los dones más preciados que a los seres humanos dieron los cielos. Por la libertad y la honra, afirmaba el caballero andante, se puede y se debe aventurar la vida.

Si en estos tiempos de pandemia hemos aceptado limitaciones y restricciones a nuestra libertad no ha sido tanto por salvar nuestras vidas, como por proteger las ajenas.

A lo largo de la historia, las pestes han sido las peores pesadillas de la humanidad, las desventuras que más muerte y destrucción causaron. Más que las guerras y las depresiones económicas. Y sí, es cierto que, en los últimos 500 años, en las pandemias del mundo, murieron más seres humamos por hambre que por fiebre.

En esta primera tragedia global del Siglo XXI, además de las muertes que provoca la enfermedad, somos testigos de la ruina de esfuerzos personales, de pequeñas y medianas empresas que cerrarán para siempre. Somos testigos de la destrucción de sueños y de años de sacrificio personal; de la amenaza que esta crisis representa para una o dos generaciones de jóvenes a quienes tocará reinventarse.

En esta tragedia global, debemos evitar la mayor causa de muerte en una pandemia: el hambre.

Hablar solo de aplanar curvas que de todas formas no bajan, y olvidar a los seres humanos, es un peligroso acto de frivolidad; y más en países como el nuestro, donde el Estado existe poco y la ley que impera es “sálvese quien pueda”.

Qué parte de que estamos viviendo una pandemia no hemos entendido, afirmaba esta semana uno de los científicos más respetados en Europa. El contagio seguirá y tomará varios años vencer al virus.

Es un error de cálculo calificar a un presidente y a su gobierno recién instalados por el aumento de contagios o por la falta de hospitales en un país que ha sido gobernado por la corrupción criminal y el populismo.

A esta pandemia la venceremos todos y cada uno, luchando juntos, cuidándonos, respetándonos y dando la batalla más importante de nuestra vida.

Los datos que presentamos en Razón de Estado son serios, de fuentes comprobables y con fundamento científico.

Desde su fundación en 1948, la Organización Mundial de la Salud definió en sus estatutos que entiende por Salud, “un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solo la ausencia de afecciones o enfermedades”.

Si somos consecuentes con lo que dice la OMS, esta crisis no puede y no debe ser una guerra entre “los del conmigo o contra mi”; como tampoco se debe ni se puede escoger entre salud y economía cuando esta última es la condición para sobrevivir y para alcanzar bienestar social; hoy, amenazado como nunca.

La pandemia que hoy sufre el mundo no tiene salida fácil ni solución sin dolor. Los gobiernos de países subdesarrollados necesitan a los ciudadanos en libertad para que juntos enfrenten la fiebre y el hambre. Es un error limitar el movimiento o encerrar a la gente una parte del tiempo, pues entre el riesgo del contagio y morir de hambre, los ciudadanos escogerán luchar por sobrevivir.

Hasta que aparezca la vacuna o alguna cura milagrosa, el virus estará con nosotros y seguirá avanzando hasta el último cuerpo que encuentre disponible; y esto, puede durar varios años, como sucede en las pandemias.

Por eso, los gobiernos del tercer mundo deben escoger la opción por la vida y su lema debe ser: mascarillas, distancia y libertad.

Por eso, la nación debe buscar la forma de apoyar a los médicos y enfermeras que están en la primera línea, siendo testigos cada día, cómo la vida y la muerte se miran en un parpadeo; trabajando días extras, con pocos recursos, con enormes dificultades, con temor a contagiarse, llorando compañeros perdidos; con tristeza, rabia y angustia porque les tocó ser la esperanza de un pueblo y un gobierno que no estaban preparados para enfrentar una pandemia.