Editorial del programa 397 de Razón de Estado
América Latina es una región con problemas económicos, sociales y políticos, pero en especial, es una comunidad histórica que no ha terminado de reconciliarse con la libertad, la responsabilidad y la madurez.
América Latina tiene talento, belleza, energía humana, tiene recursos, tiene historia; y sin embargo, tropieza una y otra vez con los mismos precipicios. El caudillo providencial, la promesa populista, el Estado como botín y la verdad como estorbo.
En lo social, la región reivindica derechos con fervor, pero rehúye deberes con habilidad. La desigualdad, que es real, ha servido demasiadas veces como excusa perfecta para fabricar clientelas y no ciudadanos. Se administra la pobreza en vez de derrotarla. Se manipula al excluido, pero no se le integra en una cultura de autonomía, esfuerzo y dignidad. Y así, generaciones enteras crecen entre la dependencia y la frustración.
En lo económico, el mal latinoamericano no consiste solo en producir poco, invertir mal o repartir peor. El problema más profundo es una relación inmadura con la prosperidad. Se sospecha del éxito, se castiga al que crea valor, se burocratiza la iniciativa y se idolatra al Estado aun cuando el Estado fracasa con puntualidad admirable. La riqueza debe ser perseguida. Y así, la economía, que debería ser un ejercicio de libertad creadora, se convierte en disputa por favores, subsidios o privilegios.
En lo político, América Latina padece un trastorno de adolescencia prolongada. Le cuesta comprender que la democracia no es una emoción electoral, sino una arquitectura de límites. Vota, sí, pero muchas veces vota contra sí misma, seducida por predicadores del enojo, comerciantes del agravio o charlatanes del cambio instantáneo.
En materia de seguridad, el crimen organizado se volvió poder paralelo; el ciudadano perdió su tranquilidad. La violencia destruye vidas y confianza, desgasta la vida cotidiana, enseña a vivir encogido. América Latina ha tolerado durante demasiado tiempo niveles insoportables de barbarie. Se acostumbró al miedo, y lo más grave es que ha empezado a normalizarlo.
Pero acaso el diagnóstico más severo recaiga sobre sus élites, que, en lugar de orientar, formar, advertir y sostener, han oscilado entre la frivolidad y la cobardía. Han querido modernidad sin esfuerzo cívico, estabilidad sin conflicto intelectual, progreso sin carácter.
América Latina necesita una rehabilitación del alma pública. Menos mesianismo y más madurez. Menos relato y más realidad. Solo entonces dejará de vivir como paciente crónico y empezará, por fin, a comportarse como una civilización que decide sanar, que quiere vivir en libertad.