Editorial del programa 405 de Razón de Estado
El Perú se acerca a una de esas elecciones en las que no solo se elige a un gobernante, sino el tipo de país que se quiere ser.
En un contexto de polarización, desconfianza y cansancio con la política, los peruanos deben evitar caer en la trampa de Roberto Sánchez, un candidato que se presenta como novedad. No lo es.
Fue ministro de un gabinete turbulento que empujó al Perú hacia la inestabilidad y la crispación. Su paso por el poder dejó al país atrapado entre escándalos, parálisis y un intento de ruptura constitucional.
Perú tiene problemas, y son muchos, pero su economía es un ejemplo en América Latina. Roberto Sánchez amenaza con dinamitar las bases que hicieron posible crecer, invertir y resistir.
El discurso de Sánchez de una nueva Constitución, intervención estatal y la revisión del modelo económico es el viejo libreto del socialismo del siglo XXI: autoritarismo y corrupción.
Tampoco tranquiliza su relación con el crimen y la ilegalidad. En el Congreso, Roberto Sánchez respaldó iniciativas que beneficiaron a la minería ilegal y ampliaron espacios de tolerancia para estructuras criminales.
En un país como el Perú, golpeado por la inseguridad, ese historial debe encender todas las alarmas.
No se puede pedir confianza para enfrentar la delincuencia cuando se ha contribuido a debilitar al Estado frente a redes que viven de la impunidad.
A esto se suman las acusaciones fiscales y electorales que pesan sobre Sánchez por irregularidades en financiamiento y declaración de aportes.
En democracia, la presunción de inocencia debe respetarse, pero también debe decirse con claridad que un candidato rodeado de cuestionamientos no debería envolverse en la bandera de la regeneración moral.
Las democracias no solo se dañan por los corruptos probados, también por los cínicos que hacen campaña prometiendo pureza mientras cargan sobre sí sospechas graves y consistentes.
El problema de Roberto Sánchez no es solo programático. Es moral. Representa esa especie latinoamericana conocida, la del político que ofrece redención con las mismas herramientas con las que otros ya arruinaron naciones enteras. Populismo en el discurso, ambigüedad con la ley, complacencia con el desorden, hostilidad hacia el modelo que genera riqueza y un apetito de poder disfrazado de sensibilidad social. Así empiezan todos: prometiendo justicia para terminar administrando servidumbre.
Perú tiene razones de sobra para desconfiar de su clase política, pero precisamente por eso no debería caer en manos de un vendedor de ruina. Lo que está en juego no es una alternancia cualquiera. Es la posibilidad de impedir que el resentimiento, la mentira y la codicia se sienten en la Casa de Pizarro con la máscara del cambio.