92. La hora de la verdad

Junio 10, 2020
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Editorial del programa de Razón de Estado 92

En la última semana de mayo, América Latina fue declarada el epicentro mundial de la pandemia del Covid-19.

Esta alarmante declaración se hizo porque ya somos la región del mundo con más nuevos contagios; y porque los datos reales de contagio y muertes son mucho más altos que los datos oficiales.

En Brasil y en México la pandemia está fuera de control. En Venezuela y Nicaragua también; aunque esas dictaduras escondan y nieguen los datos.

En Argentina el gobierno miente y abusa; y en Bolivia el ministro de salud se dedicaba a la corrupción. Ecuador y Perú luchan con gran dificultad para controlar el contagio.

Colombia, Guatemala, El Salvador, Honduras, Costa Rica y Panamá, aunque tomaron medidas drásticas desde el principio, el contagio avanza a una velocidad que preocupa a sus gobiernos.

Lo grave de esta crisis es que apenas estamos en los primeros minutos del primer tiempo y ya son evidentes las desgracias en la salud y la catástrofe en la economía…

Estas son las consecuencias de una pandemia.

Al tiempo en que la ciencia y la medicina aprenden sobre el virus, algunos gobiernos abandonaron a sus pueblos a su suerte; otros, para evitar el colapso hospitalario, están haciendo largos encierros y deprimiendo las economías para bajarlas a los niveles en que están sus hospitales; arruinados e inservibles.

Los gobiernos que están aterrados con la pandemia y la impopularidad escogen poner candado a sus economías sin darse cuenta que provocarán más muertes por hambre que por fiebre.

Los encierros en la primera etapa de la pandemia fueron indispensables y salvaron a millones del contagio; pero esto es más cierto en países desarrollados, donde tienen los recursos y el espacio fiscal para subsidiar a su gente.

En América Latina más de la mitad de los adultos trabajan en la informalidad. Con el fruto de su trabajo por la mañana comen por la tarde. Esos 150 millones de seres humanos no han hecho un solo día de cuarentena; y si les imponen limitaciones para comer, … las consecuencias son impredecibles.

En el campo y en las ciudades del interior de los países de nuestro continente son pequeños grupos los que practican algunas medidas de protección. Las grandes mayorías no lo hacen porque no tienen recursos. Se ven obligados a trabajar, asumiendo riesgos, para alimentar a sus familias.

Muchos gobiernos están imponiendo medidas severas en los centros urbanos y a la economía formal; donde están la mayor parte de la producción nacional pero la menor parte de la población trabajadora; y no se enteran que están destruyendo sus economías, empobreciendo a sus pueblos; … poniendo en riesgo la estabilidad democrática.

América Latina no tiene los recursos para mantener a su gente encerrada y mucho menos hará rescates de empresas privadas. América Latina esta obligada a encontrar la forma de enfrentar la pandemia sin matar de hambre a su gente.

Cada día está más claro que los países que están destruyendo sus economías por malas decisiones de gobierno enfrentarán dos catástrofes a la vez; y es que solo hay que ver que en estos primeros minutos de la pandemia ya nos encontramos en medio de economías devastadas, con el desempleo aumentando de forma exponencial, igual que la pobreza; y la pandemia no se detiene.

Las economías y la situación financiera de América Latina estaban débiles antes la crisis. Si no encontramos un equilibrio aceptable para convivir con el virus, vamos a terminar con empresas, bancos y Estados quebrados; y con el mismo número de contagios.

La pandemia ha dado a los gobiernos poderes extraordinarios; y en general, los pueblos, por miedo, ignorancia o represión, lo están soportando; pero la devastación económica y la catástrofe social que provocará seguir asfixiando las fuentes de sustento diario no tienen precedente en la historia de América Latina.

Guatemala tiene un protocolo de apertura aceptable y aceptado por amplios sectores de la sociedad. La pregunta es qué tan realista es. Lo que está claro es que el gobierno hace su mayor esfuerzo por encontrar el equilibrio que proteja la salud y salve la economía.

Ahora bien, aunque las economías estén abiertas, el temor al contagio las limita y las golpea. Tomará tiempo recuperar la confianza; pero que sea la gente quien lo decide. La opción realista e inteligente para los gobiernos es confiar en los ciudadanos, respetar sus libertades, apelar a su responsabilidad y compartir las consecuencias de la fuerza destructiva de una pandemia que es más grande que nosotros.

Hay suficiente consenso entre expertos del mundo respecto a que en países subdesarrollados es imposible detener el contagio. Seguirá aumentando, aunque impongan severos encierros.

Con la reapertura de las economías el contagio subirá aún más y los gobiernos tendrán la tentación de volver a cerrar, cayendo en un juego peligroso y hasta mortal pues la devastación social que esto provocaría sería catastrófica.

Los gobiernos no deben tratar a los pueblos como laboratorios de prueba y error. Estamos hablando de seres humanos, en medio de una pandemia. Lo decente y lo honorable es dejar que cada ciudadano, en libertad, en el uso de sus facultades y derechos, de forma responsable, luche por si mismo y por su familia.

Es cierto que tener las economías abiertas presenta riesgos para la salud, pero cerrarlas es una condena a muerte segura; por eso, después de más de 3 meses, las cuarentenas deben ser voluntarias y los toques de queda se deben eliminar. Provocan más daño del que pretenden evitar.

La clave está en aprender a vivir con medidas de protección: distancia, máscara, higiene, responsabilidad y disciplina.

Tal vez nunca sabremos cual es el camino ideal para enfrentar esta pandemia; pero los 4.500 millones de años de vida humana nos dicen que siempre fueron la iniciativa personal, la responsabilidad, la libertad individual y el instinto por sobrevivir los valores que salvaron al ser humano.

Una de las lecciones que, me parece, debemos aprender de esta crisis, es que nuestra soberbia nos hizo creer que teníamos dominada la naturaleza; pero, la verdad es que, esta plaga nos hizo ver que la naturaleza tiene secretos que nos pueden destruir.

Con la misma humildad que la especie humana puede superar esta pandemia, los gobiernos deben aceptar sus limitaciones y reconocer la necesidad imperiosa de tener a los ciudadanos como sus mejores aliados y no como privados de libertad a los que de todas formas no pueden proteger.

Por eso es tan importante un liderazgo ejemplar por parte de los gobiernos. Un liderazgo que conecte con la gente y comunique, con claridad y efectividad, el plan que responde a la estrategia para cuidar nuestra salud y resolver nuestro diario vivir.

América Latina necesita hoy, más que nunca, gobiernos que confían en sus ciudadanos, que conocen y entienden sus necesidades; y, sobre todo, necesita gobiernos que respetan sus libertades.

Cuando en el futuro se escriba la historia de esta pandemia, las naciones que la contarán con pérdidas más bajas y menos dolor serán aquellas en las que los gobiernos dejaron a sus ciudadanos en libertad para decidir, serán aquellas en las que los ciudadanos lucharon al lado de sus gobiernos para cuidar la salud y el sustento de su gente; serán aquellas en las que privó la confianza, el respeto y la solidaridad entre hermanos.

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